El miércoles fui a la presentación de Yamaha en
Madrid. No estuve dentro, obviamente, porque no tenía acreditación, pero sí
estuve por allí por si tenía oportunidad de ver a Valentino y, con suerte, que
se parase a firmar o incluso echarse fotos con todos los que estábamos, que no
eran muchos.
Efectivamente, tuve la gran suerte de verle pasar
de aquí para allá hasta en cuatro ocasiones. Pero, en la segunda, ya me quedó
claro que no se iba a parar en ningún momento.
Y es que si no aprendemos a respetar a nuestros
ídolos y a comportarnos, lo único que vamos a conseguir es espectáculos
lamentables como el que viví el miércoles, y espantarlos.




